Título: El hombre del acordeón: In Memoriam a un juglar
- Arminio del Cristo Mestra Osorio
- 2 oct 2020
- 5 Min. de lectura
Por: Arminio del Cristo Mestra Osorio
El hombre del acordeón se detenía en las esquinas. Miraba las casas, los trasnochados. Examinaba el cielo. Alargaba las manos como queriendo tentar la madrugada y el aire.
Escudriñaba el lugar para ver si se prestaba para que su música se escuchara y poder cantar ese sentimiento que llevaba por dentro.
Si era bueno el sitio, el aire, la luz, acomodaba su cuerpo y su instrumento para darle vida a la madrugada y al amor que lo atormentaba.
No importaba entonces si al transcurrir el tiempo no se abría la ventana o no era recibido por esa novia que perseguía día y noche. Con ese ir y devenir recorría las cuatro calles de aquel caserío cargado de tantas cosas extrañas.
Nunca recorrió ni quiso incursionar en otros territorios. Como tampoco logró adentrarse con su instrumento en otro sitio que no fuera las ‘Delicias’. Nunca se extravió por el viejo camino. Jamás se le ocurrió exhibir sus cualidades de buen acordeonero que llevaba consigo.
Mucho menos mostrar ese amor que lo estaba martillando muy hondo. Solo debía hacerlo en las calles y en las mañanas de su barrio las ‘Delicias’.
Únicamente allí, se conocía su camisa blanca, su pantalón caqui y su sombrero con que se arropaba del sol canicular y de las miradas que lo podían acechar. Su caminar nunca lo delató porque lo hacia con la reciedumbre del hombre serio.
El entorno de las calles y de la virgen de Santa Bárbara siempre lo vigilaron en aquellas noches de serenatas donde tenía que entregarse al rito ya obsesivo de sacarle notas al acordeón que nunca dejó en su casa y que siempre lo acompañó.
Y así anduvo año tras año. Hasta que una mañana de verano se resolvió y se detuvo frente a una casa que no tenía fachada colonial. No estaba en ruinas, era de palma y tenía la verja caída como todas esas casas que guardan historias maravillosas en el caribe.
Ese día le pareció apropiado y dispuso de su “fuelle nostálgico”. Y se preparaba a comenzar cuando vio allá en el fondo de la oscuridad un rostro de mujer. Se atemorizó y volvió a mirar no estaba equivocado.
Era un cuerpo alto, de ojos grandes y pómulos finos. La oscuridad la hacía confundir con la sombra que la abrazaba. Estuvo un momento y desapareció. Momentos de encanto para él.
El hombre del acordeón volvió un sinnúmero de veces a aquel lugar. Se ponía frente a la casa mirando con mucha insistencia. Dejaba oír las notas alegres, quejumbrosas, lamentos salidos del alma. Parecía que todo era en vano, nadie se asomaba, como tampoco esperaban su llegada o su regreso.
Y el hombre se preguntaba si todo no había sido más que una ilusión. Al cabo de diez días su férrea voluntad fue recompensada. Fue allí de nuevo, hizo sonar su acordeón como ido, sus pulmones regularon el aire para que su garganta expresara mejor su canto y su voz se escuchara sin sobresaltos.
La mujer escuchó sin sobresalto, sin alterarse en nada, su mirar era ausente. Nadie entre los presentes que eran pocos aquella mañana se habían percatado de la presencia que acechaba por la ventana de calados. ¿Cómo no había de tocar entonces con frenesí?
Terminó la melodía. Un canto de Armando Darío Zabaleta Guevara, ‘Amor comprado’. Casi se desvanece al interior de su cuerpo y solo entonces advirtió que tenía la frente y las manos humedecidas por un sudor frío y le temblaban las rodillas.
Había esperado durante muchos aguaceros y soportado el sol delirante de cuarenta grados para que aquella mujer enigmática lo viera por esa ventana. Ella lo hizo sufrir.
Ese día cambió su vida. Recuerda que fue un sábado. Su acordeón pitadora y la mujer de sus sueños lo olvidaron de una aventura más: siempre buscó elegir nuevos sitios, ni quiso tocar el cielo ni el aire con las manos. Tampoco se interesó en cambiar su acordeón. Recordaba haberla comprado por la época de la violencia.
Su recorrido por el caserío fue siempre el mismo. Las esquinas eran ese punto de encuentro donde se detenía a descifrar los vericuetos de su vida y la de los demás.
Ahora esperaba con ansiedad todos los sábados y entonces a la misma hora de aquella mañana como avisado por un reloj se situaba frente a la casa. Dichosos como si se tratara de una cita amorosa.
Aquel ser no lo decepcionaba al contrario lo volvía loco y el mundo le daba más vuelta. Su cabeza era un remolino, su corazón latía diferente. Él llegaba y ella se mostraba exacta. Siempre con ese mirar lejano e indescifrable, su risa irónica. E inmóvil escuchaba.
Y así, pasaron semanas hasta que una tarde de noviembre se enteró que aquella bella mujer se casaría y partiría. Se lo habían contado todo en el lapso de los siete días que transcurrieron desde su última serenata amorosa.
Para él aquella casa ya no existía, ni la fachada ni el portal, ni la habitación que daba a la calle ni el rastro de aquella entrada amplia.
No quiso seguir indagando con los vecinos, mucho menos, saber porque tuvo que tomar esa determinación.
Tampoco saber del otro hombre. Sabía dónde vivía, pero no inspeccionó sus alrededores. Esa tarde más bien puso sus cosas en el corredor y se sentó a un lado, pensativo. Pasó el resto del día y buena parte de la noche.
Existieron momentos donde tuvo todo el fervor del mundo para sacar su acordeón y hacer sonar aquellas canciones que la hacían recordar. Se encaminó después hacia la orilla del río donde tenía su casa y donde guardaba sus penas, sus desdichas y sus amoríos.
Llegó y puso junto a su acordeón todos aquellos recuerdos. Esos mismos donde tenía que involucrar a la mujer que nunca le dijo nada como tampoco le prestó atención.
Recordó las bellas serenatas que le dio de verdad y las que imaginó; pero él sabía y estaba seguro de que seguía enamorado a pesar de la suerte que le esperaba en los próximos días. Estaría olvidado para siempre.
Dejó una nota dirigida a la dueña del estanquillo donde muchas veces frecuentó. Se hacía llamar: ‘Bar la viuda’. “Dejo aquí este acordeón para que se lo entregue a Elena Eugenia. También estas composiciones, mi sombrero. Usted por suerte le tiene simpatía a este negro”. Y sin llevar nada consigo se marchó. Y nunca más fue visto por el caserío de las ‘Delicias’.
Hasta que se supo el año pasado que no murió ahogado, ni murió en las corralejas, mucho menos bailando fandango. Murió del corazón y cuentan que su infarto fue de pura tristeza. Elena Eugenia se enteró de su muerte y al fin logró expresar unas palabras sentidas por aquel ser inmenso y de vida juglaresca. El día de su entierro dijo:
Sus parrandas y serenatas
Fueron indescifrables e inolvidables.
Alejo fue el trovador del Sinú
El rey del acordeón.
Cuantas veces pensaría
Para darme una serenata con su acordeón.
Fue un baluarte negro
A veces daba la sensación
que encarnaba a Nicolás Guillén
O Jorge Artel.
Pero por sus venas corría sangre Zenú.
Portada:https://panoramacultural.com.co/musica-y-folclor/4542/los-juglares-vallenatos
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