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Hernando Marín: un canto de amor y de resistencia

  • Foto del escritor:  Arminio del Cristo Mestra Osorio
    Arminio del Cristo Mestra Osorio
  • hace 1 día
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: hace 5 horas

Por: Arminio del Cristo Mestra Osorio

Profesor Universidad Distrital Francisco José de Caldas.


“Canta conmigo” de Hernando Marín es el canto que nunca pasará de moda de acuerdo con los entendidos en el folclor vallenato y, para todos aquellos que saben distinguir entre un buen verso y de los que componen por compromiso comercial o por simple esnobismo farandulero.


Esta es una composición que convoca a la paz, tan urgida en este país, a la no violencia, para que vengan los cantantes de todo el mundo a cantar el amor a amor a Valledupar: donde la negra se pueda abrazar con la blanca y los odios queden sepultados con el abrazo infinito de la fraternidad.


No solo nos enseñó el verso profundo, sino, que supo interpretar la necesidad espiritual del hombre común y corriente y de ese que hace parte de la mayoría marginada.


Le cantó a la costumbre, esa misma que nos caracteriza como sujetos del gran caribe. Le compuso versos al amor, al compadrazgo, a la necesidad del pueblo: sus parrandas eran como un exorcismo al espíritu ya que parrandear con él era sentir a ese hombre metido en la vida cotidiana de la gente.


Sus anécdotas, su narración era el verbo popular, era el tú a tú, era la conversación de nunca terminar, de allí su afirmación “yo soy el cantante del pueblo, yo soy quien defiende a la población”. Y vaya que afirmación tan justa, necesaria y oportuna en estos tiempos donde componer a perdido ese sentido de pertenencia con las necesidades de este pueblo colombiano.


Ese era su lenguajear, el que se necesita para construir el dialogo, la diferencia, la tolerancia. Sus canciones fueron un trasegar para poder decirle al país que la música vallenata también es indispensable para reconocernos entre el amor, el odio y la diferencia. Por más que no se quiera reconocer, esta música de acordeón ayuda a construir nación.


El aporte discursivo al vallenato no ha estado desligado en ningún momento de la creación artística en nuestros canta-autores. Al contrario, se insertó en esa dinámica que reclaman los pueblos para hacer presencia e indicar que existimos y no somos ajenos a ese proceso de construcción cultural.


El Vallenato es Colombia: porque esta música ha dejado en alto a nuestro país, ha traspasado fronteras, sin caer en un patriotismo exagerado ni nacionalismo extremos, y mucho menos en regionalismos perturbadores.


Nuestra música es humilde, sincera, cargada de mucha sabiduría popular, llena de palabras con un soporte de poesía encantadora. Por eso Marín reclamó en su canto por nuestra Guajira, imploró por “Los Maestros”, supo explicar en su narración social y en su descripción política en que consistía “La ley del embudo” y le dio al amor ese lugar que reclaman los enamorados, cuando compuso “Lagrimas de Sangre”, “El ángel del camino” y “Sanjuanerita”. Cualquiera de nosotros pasó algún día por esta travesía amorosa que compuso el canta-autor.


La identidad puede parecer abstracta, pero es un punto de partida, ésta se ha ido construyendo al interior de nuestra música vallenata, enmarcada dentro de un proceso globalizador para ponernos a tono en este mundo postmoderno, direccionado por el régimen de la información y los algoritmos que son los que controlan la economía, la política y la cultura.


Hernando Marín hubiera visto con buenos ojos los cambios que se están dando en el universo vallenato: para él no habría sido extraño la carga de estribillos que tiene la nueva composición ya que esto es una recordación de marca y como tal se consume, se compra.


Que la cadencia rítmica estuviera buscando adaptarse a los nuevos formatos internacionales, como también aplaudiría los nuevos preludios y las llamadas fusiones y que los entendidos denominan hibridación.


El canto vallenato entró al mundo global, bien por eso, pero a lo que hay que prestarle un poco de atención, es a la composición: donde Marín era un “rey de reyes”, esto último le faltó conquistar en el festival vallenato, pero fue rey de la canción inédita en el citado encuentro, en el año de 1992, con el paseo “Valledupar del alma”.


La canción de hoy es fragmentada, efímera, fácil, digerible, fugaz, se consume porque los medios de comunicación y las plataformas la venden al por mayor y al detal, eso está bien, que el compositor venda, pero hay que hacer un esfuerzo creativo y tener un poco más de responsabilidad cuando se vaya a encarar el mundo de la composición.


El cantautor Hernando Marín fue un creador natural en la música vallenata. Por eso cuando la voz del compositor experto apareció en la esfera musical muchos trataron de desconocer ese aporte a sabiendas que esa voz llenaba un vació en la composición del citado folclor.


Supo aportarle todo ese universo musical al caribe colombiano, al país y porque no al mundo. Su interpretación fue excelente, un maestro de la guitarra, animador único de la buena parranda, con él lo que se vivía era una sesión de goce colectivo. Su hijo Deimer Marín lo definía como un hombre “rebelde, altanero, soñador, pero de alma noble”.


Consuelo Araujo (q. e. p. d.), por su parte indicó que Hernando Marín, era “una explosión de talento, alegría e inteligencia”, por eso tuvo el reconocimiento en el Festival de la Leyenda Vallenata.


El periodista Guzaman Quintero Torres (q. e. p. d) escribió que “era el típico hombre que supo gozar la vida, convirtiendo cada momento en una canción, se caracterizaba por ser de esas personas que cambian en cualquier momento. Todo el mundo saboreaba sus versos y su gracia genuina y natural para ponerle a cada momento un toque de buen humor”.


Y como no recordar también a Guzman Quintero, en esta nota, si el como comunicador Social y periodista, fue asesinado por denunciar la alianza macabra de los paramilitares con el ejército en la Serranía del Perijá, acabaron con su vida el día 16 de septiembre de 1999, este crimen fue declarado: de lesa humanidad.


Fue un gran exponente de la composición liricaamorosa, como también de la canción social, algunos lo consideran un irreverente: el que no estuvo de acuerdo con el tratamiento que el estado daba a los estamentos sociales más desfavorecidos. Toda la injusticia social la criticó con altura, seriedad y con esa responsabilidad que siempre lo caracterizó de llamar las cosas por su nombre.


Se va a necesitar mucho tiempo para que vuelva a surgir un compositor con el argumento discursivo, literario, y narrativo cómo el que cultivo este ángel del camino.


También supo cantarle a la naturaleza con la sapiencia que solo tienen los verdaderos poetas: aquellos que tienen como punto de referencia la imaginación y la creatividad. De igual forma, la mujer fue motivo para su inspiración, la musa no venía donde el estaba, él salía a buscarla y cuando la encontraba la producción musical era desbordante.


Si de lirismo queremos hablar, en este provenzal caribeño está toda esa grandeza que reclaman todos aquello amantes de la buena construcción de figuras literarias.


El fue un hombre serio, honorable que no tuvo que recurrir a los señalamientos ni tampoco al insulto o al agravio, mucho menos se dejó manosear por las casas disqueras, ni estar detrás de los conjuntos para que le grabaran.


Y no posó como el más importante compositor, en este medio, donde muchas veces prima, el codazo, el oportunismo, la politiquería y el arrimarse al poder, para ser vocero o un áulico de posiciones ideológicas que contradicen a fondo lo que es nuestra música, como manifestación cultural.


Mucho menos ser el show man: o el protagonista y, el de creerse superior a los demás porque los conjuntos vallenatos le grabaron sus éxitos. No buscó ser el primero ni estar recurriendo al autorreconocimiento y mucho menos a ese yoismo perverso que envuelve a más de uno en esta música de caja, guacharaca y acordeón.


Se defendió de cuanto oportunista quiso aprovecharse de su talento y jugar con sus principios, era quizás su más connotado ejemplo, de hacer respetar lo que creía que debía hacerse donde estuviera y con quien estuviera.


Alrededor del compositor estaban presente estos elementos: razón, emoción, pensamientos, corazón y goce: para él la canción, “era la culminación de un proceso de maduración interior”. Una idea para él era una obsesión que tenía que culminarla, ese era el reto que siempre le acosaba y lo mantenía con los ojos abiertos a esa vida pueblerina.


Muchos han querido imitarlo, copiarlo, pero les ha quedado difícil, los malos alumnos no han sabido copiar la tarea que les dejó: hacer versos sin necesidad de recurrir al facilismo, a la vaguedad literaria y a un romanticismo demasiado ramplón, sin fuerza y sin sentido de pertenencia.


Ahora lo que vale es la monotonía rítmica, la repetición de la palabra amor más de mil veces. Reclamamos más poesía para hacer más música y hacer de este vallenato algo trascendental.


Hoy estamos representados bajo esa “incapacidad que tenemos los seres humanos de poder escucharnos unos a otros, así como la contumacia de nuestra inconsciente negativa a escuchar aquellos que precisamente nos permite hablarnos: nuestro lenguaje. Así, reducimos a nuestros interlocutores y a nuestro lenguaje a la nada del sinsentido y el olvido”.


Con el temor de equivocarme a esto le apostó Hernando Marín Lacouture, desde la palabra

elaborada, con un aporte de la tradición oral, tal y cual como hablan nuestros campesinos, que viven la vida cotidiana desde el asombro y del lenguaje que transforma comportamientos.


Con su música acercó, distanció, interpeló, alegró, provocó y permitió el goce a unos seguidores que lo admiraron, lo defendieron y que siguen escuchando sus canciones como un aliciente de la buena poesía.

 
 
 

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